
Sciorilli debutó en una tarde caliente y tiró un lujo que aprendió en su barrio. Y ahora sueña con estar en la Bombonera.
Ahí, sobre el asfalto del Pasaje Clemente Medina, en la frontera entre Pompeya y Parque Chacabuco, el nenito más calentón de la cuadra aprendió a esquivar baches y autos, enojos de la vieja María y patadas rivales. Ahí también sus amigos lo bautizaron Cebolla por su facilidad para las lágrimas frente a dos situaciones: perder un picado o soportar a su papá cuando le avisaba que ya era hora de guardar la pelota. Ahí mismo, ahora ya sin los buzos que simulaban ser arcos virtuales, Sebastián Sciorilli ensaya la rabona que aprendió en esa geografía y que practicó el domingo en su debut oficial en Primera.
En este rincón del mundo, el chico de la camiseta 31 abre la casa de toda la vida. Sirve Coca y unos mates en la mesa en que reconstruye con sus dedos las dos jugadas que más gritó en su vida. ¿Cuándo? En Prenovena. ¿Dónde? En Casa Amarilla. ¿Contra? "Ante la camiseta que más bronca le tengo, porque soy fanático de River, desde siempre". ¿Cómo? "Faltaban cinco minutos para el final y perdíamos 1-0. Nos estábamos quedando afuera del Octogonal. Y como en las películas, la fiesta llegó en los últimos segundos. Primero pude desviar un centro de Mariano Berriex. Después, recibí un pase de Ferrabuto en el área, encaré, amagué y la toqué suave, abajo, a la derecha". Ni que hablar de las ganas que alimenta en su cuerpo desde que el domingo dejó la imagen de los juveniles que prometen.
Todo fue de golpe en la vida de 17 años de este enganche o media punta. No esperaba ser citado para participar de la pretemporada. Mucho menos compartir pieza en el Costa Galana con Ortega ("era mi ídolo y hoy lo quiero más"). Y tampoco debutar en un partido tan chivo. "Estaba nervioso en la previa porque Daniel había anticipado cambios. Pero cuando supe que jugaba, me tranquilicé. No tuve tiempo de avisarles a mis viejos porque me enteré a una hora del partido y estábamos por hacer la entrada en calor".
El barrio cambió desde el domingo. "No juegues más que me obligás a ver fútbol", le grita el tapicero de la esquina, poco adepto a la pelota. Papá Cali llega con el orgullo inflado. Mamá Lita se repone luego de los nervios de una tarde inolvidable. "Yo recibí mensajitos y me decían que mi hermano estaba loco por la rabona que tiró", cuenta Giselle. En esta casa todos parecen haber debutado en Primera, cada uno a su manera. "Uno se pone a pensar en que jugué el partido que esperé durante los últimos diez años", cuenta el Cebolla, y no se agacha ante ese comentario que lo señala como uno de los pibes mandados al frente por Passarella. "Me sentí respaldado por Daniel. Confió en mí y traté de agradecerle. Es la persona que me hizo cumplir un sueño. Traté de demostrarle que puedo jugar", aclara.
En el patio todavía hay huellas de la infancia. Sebastián se entrenaba con las sillas como conitos. Otra prueba era mandarse un centro con un pelotazo alto y cabecear en el arco formado por una de las puertas que da a su pieza. Las rabonas nacieron por necesidad: la zurda la tiene básicamente para apoyar. "Baldassi me felicitó porque la hice cuando íbamos perdiendo. El fútbol lo vivo así. Lo tomo como una obligación porque me gustaría dedicarme a esto, poder vivir de la pelota. Pero es mi vocación, me divierto".
El 42 pasa a un par de cuadras. Es el bondi que se tomó desde siempre para ir al Monumental. Ahora usa más el número 31, el de la camiseta que ya tiene forma de cuadro en su cuarto. La de su debut. La que quiere transpirar de nuevo ante Boca. "Ojalá tenga un lugarcito", sueña despierto.
Info de Olé.com.ar

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